La Universidad de Harvard

No es posible comprender la evolución de Harvard hasta llegar a la institución actual, sin conocer un poco de su historia. Nuestro objetivo es analizar su sistema actual de valores con el fin de señalar aquellos que pueden ser incorporados tanto en las universidades públicas como privadas españolas.

Harvard fue fundada en 1636, como un colegio (college) inglés, por las autoridades de la colonia de Massachusets, dieciséis años después de la llegada de los peregrinos del Mayflower a Plymouth. El presupuesto votado para su creación fue de 400 libras, y en 1638 se ordenó que la ciudad que crecería a su alrededor fuera llamada Cambridge, en memoria de la universidad inglesa en donde se habían educado unos 70 hombres destacados de la colonia. Es interesante señalar que por 1646 había entre los colonos unos 130 exalumnos de Oxford y Cambridge. Los estatutos fueron votados en 1650 por la Corte General de Massachusetts, 15 de cuyos 43 miembros eran graduados de universidades inglesas. Su nombre fue adoptado en honor de su primer benefactor, John Harvard, un pastor puritano joven el cual, al morir en 1638, dejó su biblioteca de 260 libros y la mitad de su fortuna (780 libras) a la nueva institución. El colegio inició sus actividades con un maestro y nueve estudiantes. Ya en 1643 se establece la primera bolsa de becas con una donación de Ann Radcliffe, Lady Mowlson, viuda del alcalde (lord mayor) de Londres.

Dado que no hay equivalente europeo continental a los colegios ingleses y americanos, es útil precisar lo que son: unidades de enseñanza y residenciales integradas por profesores y alumnos, cuyo objetivo es proporcionar a estos últimos una educación humanista (o en “artes liberales”, tanto en letras como en ciencias). De ahí que aun hoy en día, Harvard College confiere sólo dos títulos: Bachelor of Arts (AB), el predominante, o Bachelor of Science (SB), según sea la especialización de los estudios.  Pero cualquiera que sea esta última, todos los estudiantes deben tomar cursos en las dos áreas. La duración de estos estudios es en principio de cuatro años.

Los estatutos aprobados en 1650 crearon una corporación independiente que se perpetuaría a sí misma, integrada por un presidente, un tesorero y cinco socios (fellows), cuyas responsabilidades eran promulgar las normas administrativas, controlar el dinero del colegio, y nombrar a los profesores y personal administrativo; no obstante, todas estas decisiones están sujetas a confirmación por la Junta de Control (Board of Overseers, establecida en 1642), la cual tenía el poder de refrendar o rechazar todos los actos de la corporación. Es fascinante pensar que esta organización, notable por su sencillez y transparencia, ha perdurado sin cambio hasta nuestros días. Esta corporación de dominio público es la más antigua de los Estados Unidos.

La Junta de Control ostentaba inicialmente la representación del estado y de la comunidad religiosa puritana. La Corte General de Massachusetts (el estado en abstracto), como fundadora y patrón, consideraba a Harvard una institución pública. Harvard recibió fondos del estado hasta bien entrado el siglo XIX. Como sigue siendo el caso hoy con Oxford y Cambridge, la distinción entre “público” y “privado” no estaba clara. Finalmente, en 1823 se dejó de recibir un subsidio del estado de Massachusetts y en 1865 se cortaron todos los vínculos con el mismo, ya que los vaivenes de las acciones legislativas resultaban perjudiciales para la universidad. De hecho, desde el principio y de forma progresiva, Harvard fue sustentada por benefactores privados.

En sus primeros años, el colegio ofrecía un curso académico clásico basado en el modelo de las universidades inglesas de entonces, pero adaptado a la filosofía puritana de los primeros colonos. Aunque la mitad de sus graduados en el siglo XVII se hicieron pastores en las iglesias  puritanas de Nueva Inglaterra, el colegio nunca estuvo afiliado formalmente con la iglesia puritana, sino que se consideraba una institución para la formación de las élites de la iglesia, el estado y el comercio. Un folleto publicado en 1643 explicaba que el objetivo del colegio era "fomentar el conocimiento y perpetuarlo para la posteridad, ante el temor de dejar unos pastores de las iglesias analfabetos.”

Es importante señalar que la fundación de Harvard inicia una tradición de corporaciones de utilidad pública sin fines de lucro, que sirve de modelo a las otras universidades privadas de futura creación. Hay que ser conscientes de  la importancia de las tradiciones para el desarrollo de la vida pública de un país. Las tradiciones constituyen algo intangible que no puede crearse y mantenerse con dinero; más bien, las tradiciones positivas se basan en principios y valores éticos. En la Segunda Guerra Mundial, el almirante Cunningham, ante la tarea de evacuar por mar a las fuerzas inglesas de la isla de Creta y de mantener la tradición de nunca abandonar al ejército, enfrentado con circunstancias casi imposibles, con pérdidas de buques muy elevadas dada la supremacía aérea alemana, declaró: "La Marina necesita tres años para construir un nuevo barco. Crear una tradición nueva requiere 300 años. La evacuación continúa."

Desde sus orígenes modestos, el núcleo inicial del Colegio de Harvard se ha transformado hoy en una universidad con unos 18.500 estudiantes, de los cuales 6.500 son de pregrado (estudiantes del College o undergraduates) y 12.000 de postgrado (estudiantes de las Graduate Schools o graduate students). Cuenta con 2000 profesores, y unos 8700 profesores más a tiempo parcial en los  hospitales universitarios asociados con la Facultad de Medicina, situados en el área metropolitana de Boston. Entre sus ex-alumnos figuran seis presidentes de los Estados Unidos, y a  lo largo de los años sus facultades han producido 39 premios Nóbel. El presupuesto anual es en la actualidad de 2.000 millones de dólares, parte del cual proviene directamente de las rentas del capital propio de Harvard (endowment), el cual asciende a 18.300 millones de dólares.

Gobierno de la universidad. El Presidente y Asociados del Harvard College, un total de siete personas (conocidos como la Corporación), constituyen el órgano ejecutivo de  la universidad. Existe además un órgano de control de la Corporación, denominada Junta de Control (Board of Overseers), integrada por treinta miembros, los cuales son elegidos directamente por los ex-alumnos de la universidad en voto directo por correo. Los miembros de la Junta de Control, un cargo honorífico no remunerado, no son en su mayoría ex-alumnos de Harvard, sino personas de reconocido prestigio de origen diverso, incluso extranjeros.

De acuerdo con los estatutos de 1650, cuando se produce la dimisión (lo normal) o la muerte de un presidente en ejercicio (lo excepcional), la Corporación elige a un candidato y envía el nombramiento a la Junta de Control para su aprobación. La Junta de Control   puede votar a favor o en contra del candidato; si vota en contra, la Corporación debe elegir a un nuevo candidato y el proceso continúa hasta que resulta elegido uno. El nombramiento es vitalicio. El título de presidente, relativo al europeo de rector, indica una doble responsabilidad: dirige la política académica como los rectores, pero además es responsable de las finanzas, incluida la recaudación de fondos.

El  nombramiento de Lawrence H. Summers (secretario del  tesoro en el gobierno de   Clinton) como  el  27º  Presidente de Harvard,  hecho el 11  de  marzo de 2001, ilustra  con claridad  el   proceso  de  selección.  Rudenstine, el  26º  Presidente,   anunció con un año de antelación su intención de dimitir al final de junio de 2001, al culminar 10 años en el puesto. Inmediatamente, la Corporación constituyó un comité de búsqueda, integrado por los seis miembros de la Corporación y tres miembros de la Junta de Control. De acuerdo con la tradición, el Presidente Rudenstine se autoexcluyó del comité. Este puso en marcha de inmediato el proceso de búsqueda y selección de candidatos. La búsqueda fue iniciada en el verano del 2000 con el envío de 300.000 cartas a los profesores de Harvard, alumnos, personal administrativo y ex-alumnos, así como a personalidades destacadas del mundo universitario, del gobierno y de las fundaciones sin fines de lucro. En la carta, se solicitaban opiniones sobre las cualidades más importantes que debería tener el nuevo presidente.

En agosto, miembros del comité de búsqueda celebraron reuniones individuales con unos 200 profesores y miembros destacados del personal administrativo de Harvard. Asimismo, se celebraron reuniones con otros 100 individuos ajenos a la universidad, la mayoría profesores y administradores de otras universidades.

Luego se celebraron 12 reuniones con grupos de estudiantes, y otras reuniones con profesores de todos los niveles y facultades, etc. Se generó una documentación considerable compilada en 1.200 páginas de  comentario, y se recibieron 1.300 cartas.  Todo este material se circuló entre los nueve miembros del comité de búsqueda, que se reunió 16 veces en sesiones de una duración media de cuatro horas.

Se generó una lista inicial de 500 candidatos y, a medida que la búsqueda avanzaba, se celebraron reuniones de duración considerable con los más prominentes. En otoño e invierno de 2000-2001, el comité de búsqueda se reunió tres veces con la Junta de Control al completo, para evaluar el proceso de búsqueda y solicitar su asesoramiento. Finalmente, el 11 de marzo se convocó una reunión de la Junta de Control en Nueva York. La Corporación informó a la junta que estaba dispuesta para la elección del presidente, procedió con la misma y comunicó el resultado. El presidenciable se reunió con la junta, y luego ésta votó a favor de dar su consentimiento a la elección de Lawrence H. Summers como 27º Presidente de Harvard.

Es interesante dar una breve biografía del presidente Summers, por lo que revela sobre el carácter y las tradiciones de Harvard. El proceso de su selección deja claro que Summers encarna en su persona los valores y tradiciones de la universidad. Summers obtuvo su Bachelor of Science (SB) en MIT en 1975, y su PhD (doctor) en economía en Harvard en 1982. Fue nombrado catedrático de economía (full professor) en Harvard en 1983, a los 28 años de edad, una de las personas más jóvenes en acceder a este puesto en la historia de la universidad. En 1987 fue nombrado a la cátedra patrocinada (endowed chair) Nathaniel Ropes Professor of Political Economy. Ha publicado unos 100 artículos de investigación en revistas profesionales de economía y varios libros. En 1991 obtuvo un permiso de la universidad por comisión de servicios para desempeñar el puesto de vice-presidente y economista jefe del Banco Mundial (estos permisos se conceden por un período máximo de dos años, después del cual termina la relación laboral con la universidad). A partir de 1993  desempeñó una serie de puestos en el Departamento del Tesoro del gobierno de Clinton, accediendo finalmente al puesto de Secretario del Tesoro (Ministro de Hacienda) en julio de 1999, cargo que desempeñó hasta enero de 2001. Durante su etapa en la Secretaría del Tesoro, viajó extensamente por todo el mundo. En  su persona confluyen por tanto dos de las tradiciones más importantes de Harvard: la enseñanza e investigación universitaria y el servicio al gobierno.

            Debe notarse que la relación de la universidad con los ex-alumnos se mantiene viva durante la vida de éstos, por medio de comunicaciones escritas periódicas, envío de revistas, notificaciones de campañas de recaudación de fondos, etc. El número de ex-alumnos vivos se cifra en la actualidad en más de 270.000. Es preciso señalar esta relación continua entre la universidad y sus ex-alumnos, ya que el enorme capital propio de Harvard (endowment) proviene en gran medida de las contribuciones económicas de los mismos.

El presidente es el único miembro de la Corporación con sueldo y dedicación exclusiva. Vive en una mansión oficial en el campus de la universidad. Los otros seis miembros de la Corporación  pueden trabajar en otras instituciones o compañías. Una de las responsabilidades principales de  la Corporación es la administración de  las finanzas y de las inversiones de la universidad. Las cuestiones importantes de política educativa e institucional son sometidas a  la consideración de la Corporación por el presidente y los decanos de las distintas facultades.

            La Junta de Control, por medio de sus comités permanentes y visitantes, es informada de las políticas y prácticas educativas de la universidad. La Junta de Control asesora a la Corporación, y aprueba sus decisiones importantes. Todos los nombramientos de profesores vitalicios y cargos administrativos de un cierto nivel tienen que ser aprobados por la Corporación y la Junta de Control.

Los profesores. El concepto de corporación privada confiere a la universidad una  independencia total  con respecto a cualquier órgano o administración externos a la misma. Esto permite una gran flexibilidad en el nombramiento de profesores; tanto es así, que no existe un sistema único de nombramiento de profesores aplicable en toda la universidad, sino que el sistema varía de hecho entre los distintos departamentos.

En la actualidad, en Harvard hay dos categorías diferenciadas de profesores: aquellos con nombramiento vitalicio (tenure), y los que tienen contratos limitados en el tiempo. Los profesores vitalicios tienen todos la categoría de catedráticos (full professor). Los profesores contratados tienen dos categorías: assistant professor y associate professor. En todas las categorías, excepto en la facultad de medicina, la dedicación es exclusiva y a tiempo completo. Excluyendo la facultad de medicina, el número total de profesores es 1.943, de los cuales 781, es decir el 40%, son catedráticos.

El puesto vitalicio se basa en un contrato privado entre la universidad y el profesor, es decir, ninguna administración pública interviene para nada en el mismo. Sólo cuando hay causa justificada (entre otras “moral turpitude”, depravación moral, o deshonestidad en la enseñanza o investigación), la universidad puede despedir al profesor sin tener que referir el caso a ninguna instancia externa.

El sistema general del nombramiento de  profesores es  el siguiente.  Para optar al primer nivel de assistant professor,  es preciso tener un doctorado en una universidad de prestigio. Además, se requiere una estancia de investigación (post-doc) de un mínimo de dos años en una universidad de prestigio distinta de la del doctorado, para evitar la endogamia. Por último, esta criba previa  permite aspirar a un puesto de assistant professor por un período inamovible de entre tres y cinco años. Ahora describimos cuál es el procedimiento utilizado para alcanzar el puesto vitalicio de catedrático (full professor). Este procedimiento se aplica igualmente a candidatos de la propia universidad como a los candidatos externos a la misma.

En el puesto de assistant professor se viven los años más duros de la carrera académica, porque sólo si se demuestra una creatividad y productividad científica excepcionales, la persona en cuestión será nombrada por la facultad para la escala siguiente de associate professor. Si en el puesto de associate professor se hacen méritos excepcionales, o si se trata de un profesor de otra universidad, el profesor será propuesto por el departamento de la manera siguiente. Un comité especial evalúa primero al (o a los) candidato(s) y hace una recomendación al pleno del departamento, el cual vota para seguir adelante con un candidato en concreto. El departamento confecciona una lista de científicos distinguidos en el mismo campo del candidato, ajenos a la universidad. A estos profesores externos se les envía una carta (blind letter) en la que se mencionan varios nombres de candidatos, sin especificar cuál es el elegido por el departamento. Se les pide que manifiesten cuál es el mejor candidato. Una vez que se reciben las cartas de vuelta, se forma un comité especial del departamento integrado por sus catedráticos, con algún miembro externo a la universidad. Se leen las cartas y las conclusiones se le presentan al decano de la facultad y entonces se decide por un candidato.

Nótese que el departamento no tiene el poder de nombrar full professor al candidato. El decano puede vetar el nombramiento. Si el decano lo aprueba, el nombramiento tiene que pasar la criba final de su aprobación por las dos juntas de gobierno de la universidad, es decir, la Corporación y la Junta de Control. En este punto concreto, el poder de la Corporación es ejercido personalmente por el Presidente, el cual puede vetar a los candidatos para catedráticos. Dado que el período de tiempo en que un profesor suele trabajar dentro de las escalas de assistant professor y associate profesor oscila de cinco a 10 años, la universidad puede nombrar a un full professor con el máximo de garantías relativas a su idoneidad.

En la actualidad, el departamento de física de Harvard tiene 36 catedráticos en activo (full professors), de los cuales 22 (el 61%) obtuvieron su doctorado en otras universidades y los 14 restantes (39%) en Harvard.

Se pretende que no haya endogamia. Este sistema en el que comités especiales formados por profesores distinguidos ajenos a la universidad juegan un papel importante en los nombramientos de los profesores vitalicios fue introducido por el presidente Conant (1930-1953).

Debido al poder personal del presidente, ya que puede vetar a los candidatos a catedráticos en cualquier departamento, y como también nombra y destituye a los decanos, su política en esta esfera puede influir considerablemente en la evolución futura de la universidad. Según fuentes oficiosas, el presidente Rudenstine rechazó entre el 15 y el 20% de los candidatos durante sus 10 años de mandato. El presidente Summers, que lleva en el cargo menos de un año, está mostrando que quiere llevar a cabo un cambio sustancial en la política de nombramientos de catedráticos. Hasta ahora, los candidatos a catedrático tenían que estar entre los mejores del mundo en su especialidad; esto dio como resultado que los catedráticos de la facultad de artes y ciencias (la más grande) tienen una edad media de 55 años. Summers quiere cambiar el criterio ponderando más la promesa o proyección de futuro de un candidato que sus logros pasados. Más crudamente, Summers no quiere “volcanes extintos”, estrellas académicas que han dejado atrás el cenit de su creatividad. Esto ha desatado de inmediato una polémica entre los profesores,  los cuales se han dividido como es natural de acuerdo con su edad.

Recientemente, Summers ha vetado el nombramiento de dos candidatos ilustres, un profesor de Stanford para el departamento de música, y otro profesor de Cambridge (Inglaterra) para el departamento de ciencias políticas. Ambos, de 54 años de edad, tenían el apoyo unánime de sus futuros departamentos y las recomendaciones de los profesores externos. El presidente de Harvard no tiene que dar explicaciones sobre sus vetos. La cuestión es doblemente delicada porque hay una ley federal que prohíbe la discriminación en el empleo por razones de edad.

El papel de la Junta de Control en la aprobación del nombramiento de un profesor vitalicio es en la mayoría de los casos una formalidad, pero cuando lo juzgan necesario pueden intervenir con fuerza. El nombramiento del economista John Kenneth Galbraith a una cátedra en 1948 fue bloqueado por la Junta de Control. Algunos de sus miembros se oponían por considerar que Galbraith no había mostrado el respeto debido al papel y a la eficacia de la fuerza aérea en el bombardeo estratégico de Alemania, otros lo consideraban demasiado liberal, y la última objeción académica era que ya había demasiados economistas seguidores de Keynes en el departamento. Como la Junta tiene 30 miembros, se produjo una pugna muy tenaz entre los partidarios y detractores de Galbraith que duró un año entero. Finalmente el nombramiento fue aprobado, pero fue necesario que el presidente Conant amenazara con dimitir en caso contrario.

Lo más común es que la mayoría de los profesores contratados casi nunca consiguen el puesto vitalicio de full professor. La mayoría, al no lograrlo, puede optar a un nombramiento vitalicio en universidades de menor categoría, o puede irse a la industria donde en general los sueldos son más elevados. Sólo personas con una vocación académica total aspiran al puesto de full professor, ya que la compensación económica en los puestos de profesores contratados (en los cuales tienen que permanecer bastantes años) es en general menor que la que se obtiene en la industria.

Por lo que atañe a la dureza del proceso de selección, hay un cierto paralelo entre este sistema y el sistema español de oposiciones para los cuerpos del Estado. Aunque las haya preparado durante cinco o 20 años, si alguien no gana las oposiciones para notario, se tiene que buscar la vida. La diferencia es que a un  assistant professor o associate professor  en Estados Unidos se le prueba y juzga en las tareas esenciales de investigación y docencia durante un período de tiempo suficiente, lo cual supone un enriquecimiento y desarrollo profesionales evidentes, consiga la plaza o no. Al contrario, no está claro de qué sirve a un opositor fallido el saberse de memoria miles de cosas que ya nunca va a utilizar. Hay que ponderar estas cuestiones cuando se afirma que el sistema americano, basado en la excelencia, es cruel. La excelencia es incompatible con el café para todo el mundo.

Hay un principio muy importante relativo al nombramiento del profesorado, el cual es de una importancia obvia en la vida profesional de los profesores y el buen funcionamiento y vitalidad de una universidad. Los títulos de los profesores a todos los niveles, incluidos los catedráticos, son los siguientes: profesor de matemáticas, profesor de física, profesor de medicina, profesor de derecho, profesor de historia, profesor de  ingeniería, profesor de informática, etc. Esto es esencial para que los profesores pueden evolucionar y crecer profesionalmente. La rotación de los profesores en la enseñanza de las asignaturas es absolutamente normal y obligatoria. Se pretende que una asignatura dada no sea enseñada por el mismo profesor consecutivamente. Esto evita que alguien enseñe una asignatura con los mismos apuntes y materiales que ya utilizaba antes del Titanic.

El sistema español de asociar una cátedra con una asignatura y no con una disciplina académica amplia puede resultar fácilmente en el estancamiento profesional absoluto. Por poner un ejemplo extremo imaginario: si alguien ganara en el pasado una cátedra de motores de hélice, podría haber seguido enseñando sobre dichos motores, años después de la introducción de los motores a reacción.

Más seriamente, sería perfectamente normal y positivo que un catedrático español que enseñara derecho romano perdiera por completo su interés en dicha asignatura y que, a partir de una cierta etapa en su vida, quisiera dedicarse a una especialidad del derecho completamente distinta. No es posible.

Los alumnos. En Harvard y en el sistema universitario americano en general, los alumnos se dividen claramente en dos clases: los de licenciatura (Harvard College) y los estudiantes post-graduados o de tercer ciclo (Graduate Schools o Harvard University). El sistema del college se basa en una educación humanista de tipo general que dura cuatro años. Sin entrar en demasiados detalles, el college confiere sólo dos títulos, Bachelor of Arts (AB) o Bachelor of Science (SB), según sea el área de concentración de los estudios. Todos los estudiantes admitidos al college, por ejemplo en el año 2000 fueron 1.650, se graduarán en principio en el año 2004 y serán conocidos hasta su muerte, como la Clase del 2004. Es un título que usarán con orgullo: John Smith  AB ’04 Harvard.

El impulso inicial para lograr un cuerpo diverso de estudiantes comenzó bajo la presidencia de Conant (1934-53),  el cual instituyó un programa nacional de becas en 1934 para hacer posible que estudiantes cualificados de todo el país y de medios económicos limitados pudieran asistir a la universidad. En los años 50 se organizó una red de ex-alumnos por todo el país para entrevistar personalmente a  estudiantes cualificados, con el fin de animarlos a estudiar en Harvard.  Los presidentes sucesivos, Pusey (1953-71), Bok (1971-91) y Rudenstine (1991- 2001) continuaron esta política hasta llegar a la situación actual, en la que la totalidad de los estudiantes del college son admitidos sólo por sus méritos académicos y de otra índole, sin consideración de sus circunstancias económicas. El número de estudiantes pertenecientes a minorías raciales y nacionales asciende en la actualidad al 35% de los estudiantes.

Harvard emplea unos recursos considerables en la selección de los estudiantes del college. De hecho, hay un Decano de Admisiones, cuya responsabilidad es evaluar cada año a todos los candidatos y decidir o no su admisión. Hay que considerar que el número de candidatos puede ascender a varios miles. En la actualidad, unos 19.000 estudiantes solicitan en primavera su admisión en el college en el otoño siguiente, para el que hay unas 1.600 plazas disponibles.

Los estudiantes del college viven todos obligatoriamente en las llamadas casas en el campus. Se considera que la convivencia en las casas durante cuatro años de estudiantes de orígenes sociales y culturales muy diversos es esencial para la formación de los mismos. Las casas son mucho más que los colegios mayores en España; cuentan con un profesor (house master) y tutores residentes, salas de conferencias, bibliotecas, comedores, etc. Su tamaño está diseñado para que sus estudiantes, entre 300 y 400, puedan relacionarse entre si, ya que toman sus comidas juntos en el comedor de la casa. En ellas, los estudiantes organizan con plena libertad todo tipo de actividades extra-curriculares.

Como ejemplo de éstas, recuerdo una conferencia de Fidel Castro en 1960, recién llegado al poder, y la celebración del 25 aniversario del fin de la guerra civil española en 1964, en el que se proyectaron dos documentales sobre la guerra civil, y hubo una serie de charlas conmemorativas por veteranos de la Brigada Abraham Lincoln, integrada en las  Brigadas Internacionales de la guerra civil. José María de Areilza, embajador de España en Washington a principio de los 60, fue también invitado a dar una charla en una de las casas del college. En el turno de preguntas fue cuestionado sobre la libertad en España, a lo que más o menos contestó que la libertad era un valor muy importante, pero que los españoles valoraban quizás más otras cosas, como la religión.

Esta vida inmersa en el college durante cuatro años, da lugar a una vinculación muy estrecha con la universidad, para ellos siempre el alma mater, mucho más profunda que la de los estudiantes post-graduados, que van a Harvard a hacer estudios profesionales (derecho, medicina, administración de empresas, etc.) y de doctorado. Los estudiantes post-graduados, muchos de ellos casados, provienen en su casi totalidad de otras universidades y no tienen la posibilidad de estar todos alojados en  residencias del campus. La universidad dispone de alojamientos para estudiantes post-graduados, uno muy emblemático diseñado por el arquitecto catalán José Luis Sert, decano de la facultad de arquitectura de Harvard en los años cincuenta y sesenta; pero lograr un alojamiento en el campus es  un privilegio que se consigue por estricto orden de solicitud, y sólo se alcanza por un período limitado al final de la estancia en Harvard.

En la actualidad (2002) el coste de un año académico en el college es de unos $34.000, unos 6,3 millones de pesetas. Para poder optar a los mejores estudiantes, Harvard tiene instituida una política de admisiones basada en el mérito académico y otras cualidades de los solicitantes, no en su capacidad de pagar los costes. En  Harvard no hay becas atléticas. Estas son las que ganan en algunas universidades atletas destacados de las escuelas secundarias, los cuales constituyen en algunos casos una fuente de ingresos importante para la universidad, ya que en ciertos deportes (fútbol americano, baloncesto, tenis) las ligas inter-universitarias atraen a gran número de espectadores.

En la práctica, los estudiantes son admitidos sin consideración de sus medios económicos. Cada estudiante del college recibe una beca a medida, según las capacidades económicas de su familia, que puede llegar a cubrir el 100 por 100 de sus costes. En promedio, un estudiante del college recibe una ayuda económica de unos $23,000 por curso académico; es decir, este estudiante medio o su familia deben contribuir con unos $10.000 al coste anual.

La ayuda financiera para los estudiantes post-graduados varía mucho según el tipo de estudios. El sistema es muy flexible e incluye  los préstamos personales, muy comunes en los estudios profesionales como derecho, medicina, o administración de empresas, en donde los estudiantes tienen en general muchas ofertas de empleo al graduarse, y pueden entonces pagar sus préstamos. En el campo de las ciencias y la ingeniería, los catedráticos tienen contratos de investigación que, a partir del primer año, soportan el 100 por 100 de los gastos de los estudiantes post-graduados, de master y de doctorado. En el campo de las humanidades (filosofía, historia, música, literatura, etc.) y ciencias sociales, los estudiantes post-graduados no tenían el apoyo económico que había en las otras áreas. En los años sesenta, algunos de ellos sucumbían a la penuria económica y abandonaban los estudios. Harvard reconoció el problema y ha dedicado los recursos necesarios para resolverlo. En la actualidad, más del 90% de los alumnos admitidos en programas de doctorado en humanidades y ciencias sociales reciben una oferta por la que se les exime del pago de la matrícula por un período de cinco años, y además se les ofrece dos años con un estipendio anual de diez meses, más otros dos de apoyo como ayudante de cátedra, y un estipendio durante un verano.

Los estudios post-graduados tienen una característica fundamental: requieren la dedicación de los estudiantes a tiempo completo. Son de una enorme dureza. La mística estriba en que la universidad considera que dispone de unos medios de investigación únicos en el mundo, y que deben ser utilizados al máximo y con la máxima eficacia por los estudiantes. La presión para terminar un doctorado es muy fuerte, y la expulsión del programa por bajo rendimiento no es una excepción. Esto contrasta con la situación en España, en donde algunos doctorandos, incluso en ciencia y en ingeniería, tienen un empleo externo a tiempo completo y lo simultanean con su programa de doctorado (¡milagro!).

Es importante comprender y valorar esta ayuda que la universidad presta a sus estudiantes, y que hace posible su formación en una universidad de prestigio mundial. Esto crea, sobre todo entre los estudiantes del college, una vinculación afectiva muy fuerte con la universidad. Es una tradición que todos los estudiantes del college, una vez graduados, contribuyen financieramente a la universidad, a través de campañas de recaudación de fondos entre los miembros de las clases, las cuales culminan cuando una clase cumple sus bodas de plata, a los veinticinco años de su graduación. En la plenitud de sus medios económicos, la clase que celebra sus bodas de plata organiza una campaña especial de recaudación de fondos que, por tradición, siempre bate el récord establecido por la clase anterior. Los resultados son proclamados públicamente con orgullo por el presidente de la campaña en la solemne ceremonia de fin de curso.

Los estudiantes post-graduados no tienen esta vinculación afectiva tan fuerte y no contribuyen financieramente a la universidad en grado comparable a los ex-alumnos del college. Estos últimos son los verdaderos hombres de Harvard.

            La contribución económica de los ex-alumnos a sus universidades está también fomentada por las compañías principales del país, ya que éstas suelen donar un dólar por cada dólar contribuido por un empleado a su alma mater, o a otra universidad de su elección.

            Las universidades han sido y deben ser siempre lugares de un compromiso moral apasionado. A lo largo de los últimos treinta años, los estudiantes de Harvard han demostrado este compromiso. Durante la guerra de Vietnam, en abril de 1969, algunos estudiantes ocuparon University Hall para protestar contra la presencia en el campus del programa universitario de formación de oficiales de reserva (ROTC). El presidente Pusey llamó a la policía para que desalojara a los manifestantes, una decisión que fue elogiada por algunos y criticada por otros. La tensión provocada por la guerra continuó, y en febrero de 1970, Pusey anunció su dimisión. Más recientemente, en abril de 2001, algunos estudiantes ocuparon Massachusetts Hall, para exigir un salario mínimo de $10 por hora para todos los empleados de la universidad. De hecho, sólo 400 de los 13.000 empleados tenían un salario inferior. La mayoría de estos 400 empleados eran inmigrantes sin ninguna calificación, con un conocimiento casi nulo de inglés, etc. El presidente Rudenstine respondió a la protesta creando un comité que determinara las medidas a adoptar para ayudar a este colectivo. El resultado fue un programa de educación y de formación profesional para estos trabajadores no cualificados, llevado a cabo durante las horas de trabajo. El beneficio para los trabajadores de una mejor formación profesional es permanente, mucho más importante que una subida salarial puntual. Nunca, durante este tipo de ocupaciones, se causó el menor destrozo material.

El capital de Harvard. Hasta llegar al siglo XX, Harvard estuvo siempre escasa de dinero. Sin remontarnos a los primeros tiempos, en 1845 el capital de la universidad ascendía a $200.000. Para sobrevivir, la universidad dependía de las matrículas y otros gastos de los estudiantes (habitación y comida), así que su estado financiero variaba con el número de estudiantes. 

Fue el Presidente Pusey (1953-1971) quien lanzó en los años 60 la primera campaña de la universidad para recaudar 82 millones y medio de dólares para el Harvard College. La labor pionera de Pusey en la recaudación de fondos es descrita en clave de humor por Bissel, AB ’36. Pusey escribió en una carta a los ex-alumnos: “Harvard College no puede pararse... Una comunidad como Harvard es pujante y está llena de nuevas ideas.” Bissel a si mismo: “¡Caray!, aun no he asimilado las viejas”. Continúa Pusey: “Los ex-alumnos son el capital viviente de Harvard y su activo más grande.” Bissel a si mismo: ”Nunca había pensado que yo era un capital.” Durante el mandato de Pusey, el patrimonio de Harvard creció de $304 M a $1.000 M. Aparte de lo que representan estas cifras, Pusey al organizar la primera campaña masiva de recaudación de fondos para Harvard, hizo ver a todo el país que las universidades privadas estaban mal financiadas, y creó el precedente para las campañas posteriores. Pusey es también recordado porque al principio de su presidencia defendió la libertad académica frente al senador McCarthy, el cual había acusado a Harvard de ser un santuario para los comunistas.

            Otra gran campaña fue lanzado por el presidente Bok en la que se recaudaron 356 millones al final de 1984. La última gran campaña de recogida de fondos destinados a toda la Universidad fue lanzada por el presidente Rudenstine en 1994 y al final de 1999 había recaudado $2,1 mil millones. Las presiones del cargo son tales que Rudenstine, nombrado en 1991, necesitó un año sabático para poder recuperarse y anunció su dimisión para el verano de 2001.

Una vez expuesta la vinculación afectiva de los estudiantes del college con la universidad, es posible comprender el montante del capital propio de Harvard (endowment), que en la actualidad asciende a 18.300 millones de dólares. Para dar una idea del crecimiento de este capital, señalamos que su importe ascendía a $11 millardos al final de 1997. El tema del capital de Harvard es bastante complicado, puesto que tiene muchos orígenes:  campañas de recogida de fondos organizadas por la universidad, campañas de recogida de fondos organizadas por los ex-alumnos, donaciones millonarias hechas por individuos vinculados o no a la universidad, y finalmente donaciones hechas por las grandes fundaciones (Bill Gates, Ford, Rockefeller, etc.).

El capital de Harvard está naturalmente invertido. La universidad ha creado una compañía subsidiaria, Harvard Management Company, la cual administra e invierte el capital. Una peculiaridad es que estos fondos no constituyen un capital único del que la universidad pueda disponer libremente. Casi el 90% del dinero conlleva algún tipo de restricción. Por ejemplo, un benefactor  puede donar  50 millones de dólares para la construcción, mantenimiento y operación de un hospital para los estudiantes de la universidad; la  universidad no puede usar este dinero para ningún otro fin.  Otro donante puede donar una cantidad millonaria para la construcción, mantenimiento y operación de una biblioteca determinada que lleve su nombre, etc. Otro método muy común es donar el capital necesario para crear y mantener a perpetuidad una cátedra en una disciplina determinada, por ejemplo la cátedra de ingeniería XYZ (nombre del donante). Estas se denominan cátedras patrocinadas (endowed chairs) y tienen el nombre del benefactor. Otro ejemplo reciente es la donación de Jane Fonda de $12,5 millones a la Facultad de Educación, para investigar si hay características que diferencian la educación de los alumnos según el género (masculino o femenino), desde la escuela primaria en adelante.

Ingresos y gastos. El presupuesto actual de la universidad se eleva a 2.000 millones de dólares (unos 370 millardos de pesetas). A grandes rasgos, los ingresos tienen el origen siguiente: el 30% procede de la renta del capital; el 28% procede de las matrículas y otras contribuciones de los alumnos; el 23% de asignaciones y contratos de investigación concedidos por organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, etc.

Aunque esto pueda parecer un presupuesto enorme para una universidad de unos 18.500 estudiantes, debe considerarse que la universidad gasta el 22% de su presupuesto en investigación; el 24% en enseñanza; el mantenimiento de  bibliotecas y museos se llevan el 6%, luego opera un observatorio astronómico; y las nóminas del personal académico y de administración, las becas, etc., se llevan el resto.

Hay que considerar que la universidad mantiene un sistema de más de 100 bibliotecas con más de 14 millones de volúmenes. La biblioteca central, Widener, dispone de unos 7 millones de volúmenes.

Debe notarse que hay 2.000 profesores a tiempo completo, pero más de 8.000 profesores asociados con la Facultad de Medicina a tiempo parcial, y 13.000 personas en la nómina del personal administrativo. Con 18.500 estudiantes, esto da aproximadamente  una relación de un empleado en nómina por estudiante. A la pregunta de cómo es esto posible, hay que pensar que Harvard no es, como muchas universidades españolas, una fábrica de títulos, sino también una fábrica de conocimientos nuevos, en medicina, física, química, economía, desarrollo internacional, etc. Todos los estudiantes de doctorado en disciplinas experimentales son a su vez investigadores y requieren por tanto el uso de laboratorios, y la construcción o compra de equipos complejos de experimentación. Esta investigación, creadora de nuevos conocimientos, requiere una infraestructura considerable, gastos de viajes, etc. Algunos frutos de esta  investigación se reflejan en los premios Nóbel obtenidos:

14 en Medicina, entre los que señalamos:

Enders (1954) por el desarrollo de cultivos de virus de polio en el laboratorio, utilizados por Jonas Salk para la creación de su vacuna de poliomielitis que ha eliminado una de las lacras de la humanidad.

Watson (1962) por el descubrimiento de la estructura del ADN, junto con Crick, uno de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX.

Murray (1990) por el desarrollo de nuevas técnicas para los transplantes de órganos.

9 en física, entre los que señalamos el de Ramsey (1989), por el desarrollo de medidas precisas de las interacciones entre átomos y moléculas. Este trabajo tuvo como consecuencia directa la construcción de relojes atómicos que pueden medir el tiempo durante miles de años con un error inferior a un segundo. Estos relojes son un componente crucial de los sistemas GPS para determinar con precisión la posición de cualquier punto sobre la superficie terrestre (aviones, barcos, camiones, incluso individuos con un GPS portátil).

6 en química, entre los que señalamos:

Gilbert (1980), por un método rápido para decodificar las secuencias básicas del ADN.

Corey (1990), por técnicas para sintetizar moléculas nuevas y complejas a partir de productos químicos ordinarios.

5 en economía, entre los que señalamos el de Leontief (1973), por el desarrollo del análisis de entrada-salida (input-output) utilizado para planificar la economía y predecir su evolución. El Nóbel de economía fue ganado en tres años consecutivos (1971, 1972 y 1973) por profesores de Harvard, por lo que Leontief bromeó: “¿cree Ud. que debería haber una investigación anti-monopolio?”.

3 en paz, entre los que señalamos el de Bunche (1950) por su mediación y consecución de un alto el fuego en la guerra árabe-israelí de 1948.

1 en literatura, ganado por Heaney (1995) por su obra poética. De forma análoga a Oxford, Heaney, criado en County Derry, Irlanda, y educado en Queens University en Belfast, es “Poeta en residencia” en la universidad.

La cuestión importante es que tanto la sociedad civil como las administraciones públicas juzgan y apoyan esta actividad de forma continua y dinámica, ya que no está asegurada por los presupuestos generales del estado.

Folklore. El origen religioso puritano de Harvard y la evolución hacia su condición laica actual se reflejan en sus presidentes: de los quince presidentes entre 1640 y 1845, 13 fueron pastores protestantes y dos abogados; de los 12 presidentes desde 1846 hasta el presente, sólo tres fueron pastores protestantes. La capilla actual de la universidad, Memorial Chapel, es “no-denominacional” y está abierta a ceremonias de todas las creencias religiosas.

Es interesante recordar algunos hechos relativos al interés de Harvard y, más ampliamente, de los medios intelectuales de Boston, por la historia y literatura españolas. A principio del siglo XIX, George Ticknor, profesor de francés y español y de bellas letras, publicó una History of Spanish Literature en tres volúmenes. Ticknor era contemporáneo y amigo de William H. Prescott, AB 1783, y le ayudó a revisar su obra monumental sobre la conquista de Méjico y Cortés, un clásico publicado en Boston en 1843. En el prefacio de su obra, Prescott describe los contactos que tuvo con diversos historiadores y miembros de la Real Academia de la Historia de Madrid, con el fin de acceder a algunas de las fuentes documentales que utilizó en su obra.

            Uno de los profesores ilustres a finales del XIX y principios del XX fue el filósofo George Santayana, nacido en Madrid en 1863 de padres españoles, y que fue a Estados Unidos en 1872 para reunirse con su madre y hermanos e iniciar sus estudios de secundaria en la Boston Latin School. Aunque viviría en Estados Unidos un total de 40 años, jamás renunció a la nacionalidad española. Su vida estuvo desdoblada entre Estados Unidos (donde vivía su madre) y España (donde tenía a su padre). Aunque vivía en Boston y Cambridge, iba a Avila a pasar los veranos con su padre. Obtuvo su AB en Harvard en 1886, su PhD en 1889 y fue profesor desde 1889 hasta 1912, año en que, después de 40 años en Estados Unidos y cuando estaba de viaje por Europa, murió su madre. Inmediatamente renunció a su cátedra en Harvard, y nunca más regresó a Estados Unidos. Publicó una obra filosófica muy extensa, toda en inglés,  que abarca casi medio siglo, desde 1905 hasta 1951. Es autor de frases memorables, como: “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.  Se estableció permanentemente en Roma en 1924.

En plena guerra mundial en 1942, su editorial de Nueva York, conocedora de que Santayana estaba escribiendo su autobiografía, envió un mensajero del Vaticano a la residencia de ancianos regentada por monjas donde residía; éste le entregó una carta de la editorial en la que se le pedía el manuscrito y se le explicaba cómo podía ser enviado a Nueva York. El manuscrito estaba incompleto y no en forma final. Después de dos años de trabajo por parte de la editorial, el primer volumen de la autobiografía, The Background of My Life, fue publicado en 1944 y se convirtió instantáneamente en un best-seller.

Cuando Roma fue liberada de los alemanes en 1944, el viejo filósofo de 80 años fue visitado por una avalancha de admiradores entre los oficiales universitarios del ejército americano, 32 años después de haber dejado Estados Unidos. Murió en el convento en Roma en 1952, en donde había fijado su residencia a principios de la segunda guerra mundial. Uno de sus últimos actos realizado poco antes de morir, a los 88 años, fue visitar el consulado español en Roma para renovar su pasaporte. Sobre el tema del desdoblamiento de la personalidad por haber vivido inmerso en más de una cultura, escribió: “El tener una sola tradición, unas costumbres, una lengua, es quizás un prerrequisito para alcanzar la armonía completa en la vida y en la mente. Si se tienen más de una, ello es una lección para el filósofo que lo arroja en los fríos brazos de la razón; pero confunde al poeta y al santo y amarga a la sociedad”.

Es muy interesante señalar que Eliot, presidente de Harvard cuando Santayana era profesor, no veía a éste con buenos ojos, por considerarlo excesivamente erudito y desconectado del mundo. Considerado como el presidente más influyente en la historia de la universidad (su presidencia duró 40 años), Eliot había instituido un sistema educativo en el que los estudiantes elegían todos sus cursos. Harvard dependía entonces de las matrículas y otros costes de los alumnos para su sostenimiento económico. Era esencial atraer al mayor número de estudiantes y, por tanto, los cursos tenían que ser populares. En una ocasión Eliot se encontró con Santayana en el campus y le preguntó cómo iban sus cursos. Santayana le empezó a contar que los estudiantes parecían muy interesados y entusiastas, pero Eliot lo interrumpió: “Lo que quiero saber es, ¿cuántos estudiantes tienes en tus clases?”.

El presidente Pusey, junto con su esposa, ofrecían todos los jueves por la tarde un te durante dos horas en la mansión presidencial, al que estaban invitados todos los profesores y ayudantes de profesores. Era una costumbre muy agradable y apropiada para mantenerse en contacto de forma distendida e informal con un estamento clave de la universidad. En la cocina hay una enorme caja de caudales que va del suelo al techo, en donde se guardan los cubiertos y demás utensilios de plata usados en  las ocasiones especiales. Parte del protocolo era que, durante un tiempo breve, la mujer del presidente sirviese el te con un servicio monumental de plata sentada a la cabecera de una gran mesa. Sobre las ceremonias universitarias del te, hay una anécdota divertida, descrita por el Profesor Feynman (premio Nóbel de física de 1965). La ocasión era un te ofrecido por el decano de la Facultad Graduada en Princeton; la mujer del decano le pregunta a Feynman (un nuevo estudiante entonces): “¿Cómo quiere su te, Mr. Feynman, con leche o con limón?”, Feynman responde: “Con los dos, gracias”, la mujer del decano: “Debe estar bromeando, Mr. Feynman”. En los tiempos de la guerra fría, en los años 60, el departamento de física tenía algunos contratos con el departamento de defensa de los Estados Unidos. Estos tenían la clasificación de secretos, lo cual requería que un policía con un revólver al cinto hiciera la ronda de los despachos de los catedráticos al final del día, para asegurarse de que las puertas y los archivadores estaban cerrados con llave. Esto me fue relatado por un catedrático entrañable, el Profesor K.T. Bainbridge, que me dijo que estos contratos de investigación estropeaban el ambiente universitario, y la universidad decidió renunciar a los mismos. El departamento de defensa y otros organismos de defensa siguen concediendo contratos de investigación  a  catedráticos  de distintas  disciplinas, que no tienen nada que ver con la defensa, sino que son un medio de apoyar a la investigación básica universitaria, por ejemplo, en ecuaciones diferenciales.

Otro recuerdo de profesores de los 60 es el de Ramsey (premio Nóbel de física 1989, citado anteriormente). Al terminar la última clase del curso de mecánica cuántica que impartió en la primavera de 1961, los estudiantes, puestos en pie, le dedicaron una larga ovación; de hecho, Ramsey abandonó el aula emocionado cuando la ovación seguía in crescendo. Para facilitar una comunicación distendida con sus estudiantes de doctorado (unos 8 o algo así), los jueves comían todos juntos unos bocadillos y charlaban sobre lo divino y lo humano, sentados en círculo en el césped delante del laboratorio de física  Jefferson.

Como el gobierno federal no interviene para nada en la organización o control de las universidades privadas, hay un organismo regional independiente que evalúa la calidad de las mismas. Este organismo está integrado por representantes de las universidades de mayor prestigio, y define los estándares: número y nivel del profesorado, laboratorios, bibliotecas, etc. Las universidades tienen que cumplir estos estándares para ser acreditadas por dicho organismo. Si una universidad no consigue o pierde su acreditación, no goza de ningún prestigio, sus títulos valen menos que el papel en donde están impresos y, por supuesto, no atrae a profesores y estudiantes cualificados. El sistema se regula a si mismo sin intervención de ninguna administración pública.

Otra diferencia fundamental con respecto a los países de tradición estatalista como son Francia, Alemania y España, es que el concepto de título oficial no existe. Simplemente, si se completan con éxito unos estudios determinados, la universidad expide al estudiante un título propio, cuyo valor depende exclusivamente del prestigio de la misma. El gobierno federal o el de los estados no se enteran ni mantienen un registro de los títulos expedidos por las universidades privadas. La tradición española de que es el Jefe del Estado quién otorga  los títulos universitarios es, en el mejor de los casos, pintoresca. He presenciado una ceremonia de fin de curso en la universidad Alfonso X El Sabio en la que se manifestó con un orgullo desbordante que el rector ostentaba la representación del Rey.

El lector puede preguntarse cómo se garantiza la capacidad profesional de los médicos, abogados, ingenieros de obras públicas, pilotos de líneas aéreas, y otros profesionales responsables de actividades de importancia pública obvia. Los estados, en el contexto español serían las autonomías, son los responsables de  autorizar el ejercicio de estas profesiones.  Cada  estado  organiza  exámenes de  admisión al ejercicio de las mismas.

Naturalmente, los miembros de los tribunales son profesores de universidades de reconocido prestigio; pero el hecho es que estos exámenes no están controlados ni son la responsabilidad de ninguna universidad en concreto, sino de las autoridades del estado. Sin haber aprobado estos exámenes, por ejemplo, los médicos titulados de cualquier universidad sólo pueden trabajar dentro de un hospital universitario bajo el control de sus responsables médicos y en una capacidad secundaria. Los abogados tampoco pueden ejercer ante ningún tribunal, sin haber pasado un examen de admisión. Lo mismo para los ingenieros de obras públicas y arquitectos. Pero aquellos profesionales que no tienen un impacto obvio de carácter público, por ejemplo, físicos, matemáticos, biólogos, ingenieros electrónicos, etc., no requieren ningún registro colegial, ni título, ni autorización de nadie para ejercer su profesión. Simplemente, requieren ser contratados por alguna organización, la cual ya se cuidará de que estén cualificados.

La independencia total de la universidad relativa a todo órgano externo a la misma, ya se trate de las administraciones públicas o de las fundaciones donantes, le confiere una flexibilidad y vitalidad que no pueden ni soñarse en países de tradición estatalista como Alemania, Francia y España. La universidad decide unilateral y autónomamente los programas de estudios, se dota a si misma de un sistema de normas y regulaciones que puede cambiar en cualquier momento, suprime asignaturas que han perdido interés e incorpora otras nuevas, sin referencia a ninguna instancia externa. También impera el principio de que toda regulación existente puede dejar de cumplirse en circunstancias especiales, si hay justificación para ello y bajo la responsabilidad de algún individuo con autoridad.

Esto conduce a situaciones inconcebibles en Europa, como la identificación de un estudiante superdotado que es admitido en la universidad a los catorce años de edad, que luego se gradúa del college a los dieciocho y obtiene su doctorado a los 21. Un profesor de matemáticas muy distinguido de Harvard, Garrett Birkhoff, destacó por su brillantez como estudiante del college, y fue admitido al graduarse en la society of fellows, una sociedad interna organizada para reconocer y apoyar la carrera de estudiantes de extraordinaria brillantez. El Profesor Birkhoff decidió que sus investigaciones podían ser más fructíferas sin pasar por el programa formal del doctorado. Consiguió una cátedra de matemáticas en Harvard, sin haber hecho nunca el doctorado. Su padre, George David Birkhoff, fue también catedrático en Harvard, y fue uno de los matemáticos más destacados en el primer tercio del Siglo XX. Es uno de los pocos matemáticos americanos cuyas obras completas han sido publicadas por la American Mathematical Society.

Es sorprendente notar el buen criterio usado en la selección de estudiantes como miembros de la society of fellows (Soc. Fells). Bastan algunos ejemplos: John Bardeen, AB ’38, Soc. Fells 1935-1938, único hombre en la historia que ganó dos premios Nóbel de física, uno por ser el co-inventor del transistor y el otro por la teoría de la superconductividad, desarrollada cuando era profesor en la Universidad de Pennsylvania; James Tobin, PhD (doctor) 1947, Soc. Fells 1947-1950, premio Nóbel; Stanislaw Ulam, Soc. Fells 1936-1939, jugó un papel decisivo en el desarrollo de la bomba de hidrógeno; Roald Hoffman, PhD 1962, Soc. Fells 1962-1965, premio Nóbel.

Ninguno de estos premios Nóbel fue por trabajos realizados en Harvard. La creación y difusión del conocimiento es en las dos direcciones, hacia otras instituciones y desde otras instituciones hacia Harvard. Notamos que de los 38 premios Nóbel de Harvard, sólo el 28% de los ganadores habían hecho estudios en la universidad.

Una selección subjetiva de otros ex-alumnos notables de Harvard, excluidos los políticos, nos da una idea de la gran diversidad de los mismos y de sus carreras futuras:

John Reed, AB 1910, corresponsal en Moscú al estallar la revolución bolchevique, escribió el panegírico de la revolución Ten Days that Shook the World. Está enterrado en las murallas del Kremlin.

Norbert Wiener, recibió su título de PhD (doctor) en 1913, antes de cumplir los 19 años. Desarrolló los conceptos y la teoría de la cibernética. Fue profesor del MIT, en donde desarrolló toda su carrera académica.

George W. Merck, AB 1915, hijo del fundador de la compañía farmacéutica Merck, la segunda más grande del mundo. Como presidente de Merck, en la época difícil de la Gran Depresión de los años 30, decidió dedicar la compañía a la investigación de vanguardia. Como fruto de esta política, se hicieron algunos descubrimientos históricos: la estreptomicina para el tratamiento de la tuberculosis (por Waksman, premio Nóbel), la vitamina B12, la cortisona, etc. Esta tradición investigadora se ha consolidado y ha seguido creciendo hasta el presente: en 1999 el presupuesto de I+D de Merck ascendió a $2,1 mil millones (unos 400 mil millones de pesetas).

Almirante Isoroku Yamamoto, estudiante especial 1919-1920, Comandante en Jefe de la Marina Imperial Japonesa, planeó y ejecutó el ataque a Pearl Harbour.

J. Robert Oppenheimer, AB 1925, dirigió el laboratorio de Los Alamos (desarrollo y construcción de la bomba atómica) en la segunda guerra mundial.         

Barbara Tuchman, AB 1933 Radcliffe, colegio femenino asociado con Harvard, historiadora eminente escribió el clásico The Guns of August, considerado por muchos como la mejor obra sobre los orígenes y el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Edward Purcell, PhD 1938, premio Nóbel de física.

Paul Samuelson, PhD 1941, premio Nóbel de economía, ejerció toda su carrera académica en el MIT.

Bill Gates, realizó estudios en Harvard en los años 70 sin llegar a terminarlos; en 1975 abandonó la universidad en su tercer año para fundar Microsoft con su amigo de la infancia Paul Allen. No sólo se ha convertido en el hombre más rico del mundo, sino que ha creado la Fundación Bill y Melinda Gates a la que han dotado con $21.000 millones para apoyar iniciativas filantrópicas globales en los campos sanitarios y de educación. Es un ejemplo vivo de que se puede adquirir una fortuna inimaginable sin explotar a los trabajadores (un número apreciable de empleados de Microsoft  se han hecho millonarios a través de las opciones de acciones).

También es de interés citar algunos de los profesores notables, ninguno de los cuales obtuvo un título de Harvard; indicamos los años en que enseñaron e investigaron en la universidad:

Wassily Leontief, 1931-1975, premio Nóbel de economía.

Walter Gropius, 1938-1952, arquitecto.

Julian Schwinger, 1945-1972, premio Nóbel de física.

Nicolaas Bloembergen, 1949-, premio Nóbel de física.

José Luis Sert, 1953-1969, arquitecto.

J.D.Watson, 1955-1976, premio Nóbel de medicina, junto con Crick descubrió la  estructura del ADN.

Carlo Rubbia, 1970-, premio Nóbel de física.

Steven Weinberg, 1973-, premio Nóbel de física.

Estos profesores son un ejemplo claro de la universalidad del proceso de selección. Gropius, fundador de la Bauhaus en Dessau (famosa como escuela de arquitectura y diseño, y también por sus edificios), fue uno de los grandes arquitectos del siglo XX. Se exilió voluntariamente del régimen de Hitler y se refugió en Londres, hasta que fue invitado a Harvard en 1937. Fue así miembro de aquella generación legendaria de científicos e intelectuales  europeos, entre  los que se encuentran Einstein, Bethe, Fermi, y Wigner (todos éstos premios Nóbel de física), los cuales abandonaron Europa huyendo de Hitler y del fascismo en los años 30, y que no sólo enriquecieron sino que cambiaron para siempre el rumbo  de  la  ciencia en los Estados Unidos. Sert fue un arquitecto catalán de fama mundial, exiliado de la guerra civil española, que sucedió a Gropius como decano de la facultad de arquitectura. Bloembergen, un nativo de Holanda, y Rubbia, italiano, son otros dos ejemplos más recientes de la universalidad del profesorado de Harvard.

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